En este artículo
Paso 1: empieza por los días que tiene, no por los que necesita
La primera pregunta no es qué objetivo tiene, es cuántos días va a entrenar de verdad y cuánto dura cada sesión. Una rutina de cinco días para alguien que va tres es una rutina que se ejecuta a medias, y la mitad que se cae nunca es la misma.
Con tres días, lo que funciona es full body o torso/pierna alternado. Con cuatro, torso/pierna cuadra bien. Con cinco o seis se abren las divisiones por grupos. Es la variable que más condiciona todo lo que viene después.
Paso 2: elige pocos ejercicios y repítelos
El error más común al programar para otros es meter doce ejercicios por sesión. No se hacen. Se hacen ocho y se abandonan cuatro, y como no siempre son los mismos cuatro, al mes no hay forma de saber qué progresó.
Seis u ocho movimientos por sesión, y sobre todo los mismos durante varias semanas. Sin repetición no hay comparación, y sin comparación no hay progreso medible: solo hay actividad.
Paso 3: fija series, repeticiones y —sobre todo— descanso
Series y repeticiones las escribe todo el mundo. El descanso se olvida, y es la variable que hace que la misma rutina dé resultados distintos según el día que tuviera el cliente.
Un rango orientativo de uso común: descansos largos en los movimientos pesados de baja repetición, y más cortos en el trabajo accesorio de repeticiones altas. Lo importante no es el número exacto, es que esté escrito: sin él, cada sesión es un experimento distinto.
El tempo se añade solo cuando el control de la fase excéntrica es parte del plan. Si se pone en todos los ejercicios por costumbre, se acaba ignorando en todos.
Paso 4: escribe las adaptaciones donde se van a leer
«Baja solo hasta paralelo». «Si el hombro molesta, cambia a mancuernas». «Agarre neutro». Esas tres frases son la diferencia entre una rutina genérica y una rutina de esa persona, y son exactamente lo que se olvida cuando se dicen de palabra.
Van en el ejercicio, no en un mensaje aparte. Un mensaje se entierra bajo cuarenta mensajes; una nota en el ejercicio se lee cada vez que toca ese movimiento.
Paso 5: monta bases y duplícalas
Nadie escribe quince rutinas desde cero. En la práctica hay dos o tres bases bien montadas y cada cliente es una variación de una de ellas: se duplica y se cambian los dos o tres detalles que le afectan.
Eso convierte el trabajo de programar una cartera entera en una tarde inicial y quince minutos por cliente nuevo. El detalle práctico está en crear rutinas para clientes.
Paso 6: revisa cada cuatro semanas, no cada semana
Cambiar la rutina cada semana es la forma más rápida de no saber nunca si algo funcionó. Cuatro a ocho semanas con los mismos movimientos principales dan datos suficientes para decidir con criterio.
Y cuando toque cambiar, casi nunca hace falta rehacerla entera: se sustituye el ejercicio que lleva tres semanas estancado y se deja el resto en pie.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos ejercicios debe tener una sesión?
Entre seis y ocho funciona en la mayoría de casos. Doce no se completan, y los que se caen no son siempre los mismos, con lo que al mes no hay forma de saber qué progresó.
¿Cada cuánto hay que cambiar la rutina de un cliente?
Cada cuatro a ocho semanas en los movimientos principales. Cambiarla cada semana impide comparar: sin repetir un ejercicio varias veces no hay con qué medir el progreso.
¿Hay que poner el mismo plan a clientes con el mismo objetivo?
La base puede ser la misma y de hecho conviene que lo sea: se monta una vez bien y se duplica. Lo que cambia por persona son los días disponibles, las adaptaciones por lesión o limitación y los rangos de repeticiones.
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